viernes, 1 de abril de 2011

Frikismo lisboeta (I)


Aunque discrepemos en nuestros puntos de vista, los amigos de verdad siempre nos miramos con buenos ojos. A pesar de que podamos condenar aspectos concretos de nuestras vidas. Incluso aunque sepamos que un ser querido se va a estrellar, tratamos de imaginar el escenario menos duro. Es por ello muy valioso que Antonio, compañero de mil y una batallas, me pregunte en el metro, de noche y sin prisas, en camino hacia el paraíso musical:
-       Oye, tío, ¿tú te has dado cuenta de lo friki que te estás volviendo?
El arranque de sinceridad, como digo, es particularmente fecundo por provenir de un hombre inteligente y sensible al que, por resumir, no le hemos visto únicamente trabajar y hacer buena letra.
-       Hombre, ¿tan heavy te parece?
-       Joder, tú dirás… (La risa llena el vagón de metro a una hora en la que estos excesos van importando menos)
Acabo de confesarle que el jueves próximo me voy a Lisboa con Eduardo a ver el partido de ida de los cuartos de final de la Europa League, Benfica – PSV Eindhoven. El motivo fundamental de tan extraño viaje es, como saben mis fieles lectores, este.
-       Macho, tú ponte a pensar en qué percentil estás de la escala de freaks…
-       ¿Futbolísticos…?
-       De freaks. Punto.

sábado, 26 de febrero de 2011

Mafaldadas (I)

Niña: - Papi, ya no quiero que me llames más "electroduende".

Padre: - ¿Y eso...? Si te llamo así desde que eras un bebé.

Niña: - Ahora quiero que me llames "electrohada"

[...]

[Más risas]

Niña: - No, mejor quiero que me llames "electrahada" [pronunciado "eletrAhada"]

Padre: - Lo que pase, Male, es que se dice "electrohada"...

Niña: - Me da igual, papi... Yo quiero "electrAhada"

sábado, 19 de febrero de 2011

Toques (II)

Si recuerdan, durante una época llegué a inventar un juez de línea imaginario en pleno barrio de Palermo... Ensoñaciones semejantes, vivir durante algunos minutos en un planeta paralelo (individual), eran un premio a la pasión y a la constancia: el fútbol, en sentido amplio, ocupaba en aquel entonces una parte considerable de la semana - y era un factor de orden vital: tema de otro post. La cosa es que el cerebro, como confesábamos la semana pasada, está volviendo a poblarse de imágenes futbolísticas, y el archivo (tan fecundo como en otras áreas de la experiencia humana) gana terreno por ahora a la imaginación: una tragedia en términos cuánticos, quizá, pero muy reconfortante. 
El penúltimo momento de placer balompédico, ya comentado, fue un robo que condujo a un 0-1 en el que sigue siendo el partido concluyente. Poco después, un minuto antes del balón dividido, experimenté el último momento de placer, modestísimo, pero que he revivido decenas de veces en los últimos once meses. Corría desde atrás a cortar un pase raso en el círculo central, entre dos contrarios presuntamente desahogados que no me vieron hasta un segundo antes. Me dolía mucho la cabeza, y debía haberme quedado en el banquillo, pero corrí detrás de ese balón lo suficiente como para llegar primero y cortar con el exterior hacia la derecha, la pelota ligeramente levantada y con efecto (para que no la interceptara ningún pie rival), un solo toque horizontal, entre los dos mediocentros, hacia nuestro lateral desmarcado. La jugada no produjo cosecha tangible, pero recuerdo perfectamente haber sentido una cierta satisfacción (ganábamos 0-1, estaban mis primos, no hacía calor) que hoy resulta tan  extrañamente juvenil como desaconsejable, al enmascarar una jaqueca insólita que venía a ser como el pitido estridente de una alarma de incendios en una máquina sobrecargada. 

Una cuestión de dosis (como casi todo).

jueves, 10 de febrero de 2011

Toques (I)

Algo parece estar cambiando definitivamente, porque me vuelven las imágenes futbolísticas al cerebro mientras camino, conduzco o me ducho. Las hay de dos tipos: ensoñaciones y recuerdos. Entre las primeras aparecen recurrentemente las paredes, combinaciones sencillas y quirúrgicas con amigos argentinos que se desdoblan por la banda o devuelven de primera desde la frontal del área para que uno amague con disparar a puerta pero, en realidad, toque suavemente y les deje solo ante el portero. Una imagen especialmente apropiada para el fútbol 7 de Buenos Aires, donde las dimensiones del campo permiten lo que el Colorado llamaba con precisión "constante despliegue". Que un 10 reconvertido a 5 (casi por motivaciones ideológicas) (tema de otro post) llegue con 37 años cuatro o cinco veces por partido a posiciones de mediapunta en un campo de fútbol 11 (como el de Mendoza) requiere una forma física magnífica. Este es uno de mis objetivos para este año: llegar al área contraria (sin descuidar el centro) con la suficiente lucidez para no estropear varios kilómetros de esfuerzo en un segundo atropellado. (¿A lo Meireles?).

martes, 25 de enero de 2011

Cuestión de pelotas

Almuerzo como un puto, según mi amigo Fercho (berenjenas asadas, milanesa de soja), y enfilo la tarde remolcado en una pequeña cabezada de 20 minutos, una tarde que culminará en una de esas actividades inconfesables que encuentran acomodo perfecto en un diario. Veo a mi alrededor embarazadas y bailarinas progres que pueden tocarse la nariz con el pie sin sufrir. "Siento como mis seis extremidades se estiran, como si quisiera tocar la pared de enfrente con los dedos y la de detrás con los pies...", dice la profesora con su voz tranquila. "Trato de respirar hacia las costillas, noto cómo se expanden, mantengo ese ritmo respiratorio -1, 2, 3, 4; 1, 2, 3, 4 - sin que el estiramiento me bloquee...".  Caigo en la cuenta, anodadado, del papel crucial de la pelvis en la comodidad diaria. "Tengan conciencia de su hueso sacro...". [¿Cómo...?]. El isquiotibial izquierdo está a punto de resquebrajárseme, pero trato de aguantar el mismo tiempo que mi amigo T. y la comunidad femenina que nos rodea. (Resultamos exóticos. Damos color a la clase). Pasada la primera media hora, arqueamos la espalda sobre la pelota y buscamos una postura de equilibrio sobre ella. Es el punto de partida hacia uno de los mayores momentos de placer que recuerdo en la vida: doblado sobre la esfera, las costillas expandidas, la musculatura distendida, los omoplatos en su sitio, los movimientos pélvicos preparatorios, los brazos hacia atrás, los dedos de los pies en contacto con el suelo, el cráneo colgando sobre el plástico, la columna vertebral perfectamente alineada sobre la curva, la visión invertida de un mundo desconocido. Dan ganas de quedarse a vivir sobre la pelota. La sala, de buen tamaño, se llena de jadeos y suspiros ahogados por un disco brasileño. "Así que era esto...". (Risas.) El tamaño de la pelota ha cambiado, y yo sé que pertenezco al balón, pero existe un notable potencial de crecimiento en aprender a armonizar el cuerpo de otra manera, por mucho que merezca (indudablemente) el escarnio de Fercho, que alguna vez se ha comido una milanesa de soja con una preciosidad de 24 años, pero jamás ha ido a una clase de esferodinamia. Por si acaso, hago pública mi decisión de volver a las canchas en mayo. Pero mañana repito.


sábado, 25 de diciembre de 2010

Soldado raso

La tarde va refrescando el ambiente bajo el parral del Negro, y una vez comprobada la viabilidad de la conversación grupal se produce ese momento mágico en el que todo el mundo hace lo que le da la gana sin dejar de compartir el tiempo y el espacio. Es un momento idóneo para fumar un cigarrillo, pensamos, el primero del día (las seis de la tarde), y nos adentramos en la casa para buscar unas cerillas y salir después, sin ser vistos por la niña, a través de la puerta principal que da a la calle, esquivando el jardín. Todo parece irnos bien, como a un Clouseau andino en plena operación encubierta, hasta que escuchamos las palabras de la centinela universal: "Quiero jugar con vos, papi". [subtexto: Quiero jugar con vos, papi, por lo que el cigarrillo, que además te hace daño, te lo fumás en otro momento]. La niña tiene una bola de tenis en la mano. Petrificados en el salón, a solo cinco metros de la meta, evaluamos vertiginosamente nuestras opciones (el cigarrillo escondido en la mano derecha, las cerillas acusadoras en la izquierda) y tomamos, sin que sirva de precedente, la decisión correcta: "Magnífico, preciosa. Vamos".

La parte asfaltada del jardín del Negro es alargada y estrecha, perfecta para un partido de dos contra dos (de niños no mayores de diez años) en el que se permita jugar con las paredes como aliados que jamás te fallan una devolución rápida. La gente sigue charlando en la mesa, se oyen risotadas, ha aparecido el mate, y en la parte asfaltada del patio sólo hay una niña de 5 años y un señor de 37 con el peroné reconstituido y una duda no resuelta. Cada uno ocupa un extremo del espacio y defiende una portería imaginaria, pero una juega y el otro piensa, rumia, hasta que se ve obligado a dormir la pelota de tenis a media altura con el empeine y le invade una extraña emoción. Nos preguntan a lo lejos si queremos media lunas, pero ya estamos afinando los disparos (suaves, infantiles, rasos) al punto en el que estaría el poste imaginario de la cancha del Negro. Uno de esos suaves disparos cruzados se le escapa de las manos a la niña, y la extraña emoción se desnuda en un grito exagerado de "¡¡Gooool!!"

La niña juega de todo y ahora se viste de negro: "Pero papi, no vale, el gol salta..."

"¿El gol salta...?"

"Sí, papi, tiene que levantarse la pelota... Si no, no vale"

En el imaginario de la niña no cabe el gol a ras de tierra, y parece totalmente consciente de que esto es un simple entrenamiento, que seguimos a medio gas, deshojando la margarita, viendo demasiados partidos del Villarreal, rememorando aquel cambio de ritmo de Barrio Parque. El gol salta, papi. No se aceptan medias tintas.

jueves, 2 de diciembre de 2010

Tanganas

El fútbol es un arte generoso en patadas y fracturas, y los futbolistas son empleados expertos en dejar en la cancha las miserias de la condición humana: ni Xabi Alonso se va a comer a De Jong la próxima vez que juegen contra el Manchester City ni Puyol (espero) se va a negar a compartir línea de 4 con Sergio Ramos en el próximo partido de la selección española. Si tuviésemos oportunidad algún día de entrevistar a Maradona, le preguntaríamos algo que no mencionó Kusturica en su notable documental: ¿qué aprendiste de la patada de Goicoechea?


¿Puede negarse que algunas peleas futbolísticas tienen una mística especial? Como en casi todo, hay una notable distancia entre el discurso oficial (repudio) y la realidad: los sitios web de los periódicos deportivos ofrecen muchos días vídeos de hostias memorables habidas en la liga de tal o cual país. Lo interesante es que algunas tanganas permiten calibrar la auténtica fibra moral del futbolista profesional. La que cerró el memorable triunfo del Barsa anteayer permitió comprobar el indiscutible liderazgo de Casillas entre sus compañeros y rivales: propongo revisar el vídeo y seguir su itinerario, con especial atención al achicamiento del chulo Valdés (00.29 segundos) y su contención del vestuario blaugrana al completo (00.40). El día que Mourinho dejó de ser Mourinho, Casillas recibió cinco y salió indemne. Él jamás le pondría la mano en el cuello a Xavi Hernández.

(Posdata: por primera vez desde que pisó un campo, tiene razón el marciano Gurpegi: "Si yo hago lo de Ramos, me dan de tres a cinco partidos").

viernes, 12 de noviembre de 2010

Un pez llamado Isabela



Al ex futbolista amateur, que ya no juega partidos los domingos, se le abren  nuevas posibilidades; y vuelve a la pesca como quien regresa a la casa de campo de sus padres tras un par de lustros de aviones, borracheras playeras y gafas de sol. Hace sol en el oeste, y al pie de la montaña experimentamos un olvidado placer de excursionista que conduce sin prisa con el coche lleno de sillas, nevera y parrilla nuevas; las niñas, detrás, con los cinturones bien ajustados, conviven asombrosamente bien con un disco islandés; la mañana es espléndida; paramos a comprar un costillar y me descubro bailando en la calle con una princesa de cuatro años. Un par de horas después, la carne está casi lista, las niñas corretean por la hierba, la luz se filtra entre los álamos y las cañas reposan plácidamente en la orilla.

Dejó dicho un erudito resentido que "el infierno son los otros". El lago es grande, y nuestra única compañía dominical es una familia de tres miembros al otro lado del agua. Evidentemente, no es su primera visita a la zona: clavan peces con frecuencia y cierta ostentación sonora. Pero no han traído una sacadora, así que el padre o el hijo corren periódicamente hasta nuestro campamento base (cerca de unos bancos y mesa de piedra, junto a un fogón) para pedírnosla y culminar con éxito el último trance de la pelea. No puede ser su primera visita a la zona, porque nosotros todavía estamos tratando de encontrar la profundidad adecuada para colocar la alfalfa y deparar a las niñas el primer pez de su vida. El asado está preparado, así que suspendemos toda actividad paralela durante un largo rato.

Concentrados en la carne y el vino fresco, no nos hemos apercibido de que un pez grande (probablemente víctima de nuestra sacadora) cuelga, ensartado con un alambre por las agallas, del parachoques del coche de nuestro compañero de pesca, a quien a partir de este momento nos referiremos como el australopithecus. El pez cuelga, aparentemente inerte, del parachoques y nosotros apreciamos su belleza desde la mesa de madera. Una de las dos niñas suelta su tenedor y rompe el silencio: "¡Está vivo, papi!" Grita con una alegría irrecuperable. Y nosotros sólo requerimos otro estertor del pobre bicho para comprobar que, en efecto, la niña tiene razón: el australopithecus no ha considerado necesario matar al pez y ahorrarle un par de horas de agonía vertical a la sombra de los álamos. En las cabezas infantiles el asado ya no importa. Vuelan. Hay una misión imposible mucho más importante que pescar o comer o contemplar la belleza quieta de la sobremesa: salvar a Isabela. El pez, en su noble silencio, ya tiene nombre y enfermeras.

La tarde se ha bifurcado definitivamente en la algarabía salvadora de las niñas, por un lado, y nuestro afán didáctico (pero no solo) por pescar (y devolver al agua) algunos peces de la familia de Isabela. Entre la sonrisa del australopithecus y nuestra mirada relativamente preocupada hay un abismo insalvable: en ningún momento de la tarde se preguntará, ni siquiera por un segundo, qué hacen las niñas dando agua y alimento (alfalfa) a su pez capturado. La estampa no deja de ser tierna: el esfuerzo continuo de dos niñas inocentes por salvar una vida ya perdida. Las botellas rellenadas con agua del lago ("papi, ¿me llenás la botella?") refrescan, suponemos, la garganta del pez, cuyos estertores periódicos provocan gritos de felicidad infantil. Nosotros, mientras, seguimos sin clavar un solo bicho. Habíamos evaluado la opción de matar a Isabela para evitarle sufrimientos y explicar a las niñas los motivos de nuestra acción, pero no queremos pasar a la historia como unos sanguinarios: hay que permitir el espectáculo de la agonía iluminada, mitigada, por dos almas inmaculadas. Esquivar la razón,  sumarse al discurso dominante y aguardar el momento adecuado para transmitir alguna enseñanza sobre la pesca y los ciclos vitales.

En medio de nuevas exclamaciones,  el australopithecus se acerca de nuevo a toda prisa por la orilla, mientras su hijo, enfrente, sujeta a duras penas otra buena pieza con la caña. Pasa al lado de las niñas (y de Isabela) y apenas logra emitir un leve gruñido, sin perder su sonrisa. Se lleva la sacadora, da las gracias y sale corriendo, feliz, enteramente ajeno al pequeño drama que se desarrolla en la parte trasera de su todoterreno.

viernes, 22 de octubre de 2010

Cuando la pasión empieza a ser una pérdida de tiempo

La noche primaveral es casi veraniega, y cuando se acaba el champán en la inauguración del festival de cine confinamos nuestra curiosidad al reservado de un animado garito local con aire acondicionado y buenas pizzas. Confieso a mi compañero de mesa que he grabado el Olimpique de Lyon-Benfica y me lo reservo para el final de la noche; pese a que he comenzado a comprender el asombroso impacto de la actitud personal en el desenlace de las cosas (así, sin más: este es un blog de fútbol), no puedo evitar una ráfaga de temor a una nueva decepción (incontables ya: Zaragoza, selección argentina, el propio Benfica). Mi compañero de mesa, que vivió en Madrid varios años, ha visto en directo al Barcelona y me cuenta sobre los goles de Messi. Apuesto por un sándwich de ceviche de salmón con pepino, ciboulette, cilantro y mayonesa de hinojo: el Fernet de postre equilibrará cualquier exceso ácido. Como sé que voy a llegar a casa después de la medianoche, decido prudentemente ver la primera parte y pasar la segunda en fast-forward: no deja de ser un miércoles de primera ronda, y el día siguiente promete mucho y bueno. Mi compañero de mesa me mira con desconfianza: “¿Por qué no pasas la primera rápidamente y ves la segunda?” “Porque en la primera se ve mejor la idea de cada equipo”, respondo. Es posible que esté mintiendo y que el motivo real radique en que mi jugador favorito no va a aguantar lo 90 minutos en el campo; es posible que sea una señal de vejez prematura y evolución hacia la observación desapasionada; es posible que sea una auténtica estupidez. Pero la frase contiene su dosis de habilidad y contenta a mi vecino de cena (aunque él, sin duda, haría lo contrario).


Luego, en casa, me bastan 40 minutos de partido para irme a la cama con otra decepción más. Y, por primera vez, dudo seriamente. Muy seriamente.

jueves, 7 de octubre de 2010

Al río

Para el freelance en la era digital, marcharse de vacaciones resulta casi heroico. No hablamos de las vacaciones "de un mes en Zarauz" que disfrutaban (o no) nuestros antepasados, sino de apenas diez días offline, sin antenas WIFI, haciendo las cosas que uno va a recordar cuando cumpla 90 años. Para poder viajar con un mínimo de tranquilidad mental hay que colocar varios mensajes de "Out of office", avisar a los clientes con antelación, prevenir pequeños desastres, justificarse (nadie se va de vacaciones en octubre), estar varias noches trabajando para rematar los encargos que (fieles al sr. Murphy) siempre llegan en el peor momento e, invariablemente, llegar a la última noche sin haber comprado sedal ni vino ni haber grabado determinados discos ansiados.

Pero me voy. Albricias. Voy a estar con las dos piernas metidas en un río con dorados de 5 y 6 kilos.